Living Objects
La memoria encarnada en los objetos
*This text lives in Spanish.
A veces se dice que los objetos son meros bienes materiales, despojándolos del valor que se les confiere, por ejemplo, a las emociones o a los conceptos simbólicos. No estoy del todo de acuerdo. Creo que depositamos un alma en los objetos, como personas que vivimos a través de ellos.
Living Objects es un proyecto sobre la memoria encarnada en los objetos. A través de los objetos que pertenecieron a mi amona —joyas, prendas, elementos de su hogar— exploro como una vida, unos gestos y unos saberes permanecen en lo cotidiano. Los objetos dejan de ser posesiones para convertirse en testigos: guardan formas de estar, de hacer y de cuidar.
Visualizo a mi amona a través de los objetos que le pertenecieron cuando vivía.
Visualizo tus manos –y que manos más bonitas: arrugadas, con largos dedos y uñas perfectas, de una elegancia como la de antes– que vestían ese anillo precioso y fino: un zafiro ovalado con dos minúsculos diamantes en cada lado. Hasta tus ultimísimos días, en el hospital, qué manos más bonitas y qué finos pies tuviste. Probablemente los más bonitos. Recuerdo que, cuando era pequeña, jugábamos a hacernos la pedicura, sobre la alfombra de un césped, cuando íbamos al monte cada domingo.
Siempre has sido estilosa, pero sin ser extravagante. Portabas una elegancia discreta, sencilla y, sobre todo, práctica. Uno de los accesorios que más me gustaba era un bolso de piel negra tipo bombonera. Fiel a tu estilo, lo llevaste durante décadas, y para mí se convirtió en uno de tus sellos. El abrigo austríaco de lana de color teja también era icónico. Me los he puesto un par de veces, pero siento que no me quedan tan bien como a ti. Lo que sí me gusta cómo me queda son aquellas gafas de sol retro que te pertenecieron y me diste. Siempre las llevo conmigo.
Tus manos, además de ser refinadas, elaboraban cosas magníficas: hacían ganchillo, bordaban maravillas y cosían puntadas finas y precisas. Intentaste enseñarme a sobrehilar con decisión, pero décadas y décadas de un oficio no se aprenden a la velocidad a la que estamos acostumbradas hoy en día. Eso sí, las demás puntadas me salen muy limpias.
También te convirtieron en una excelente cocinera. Qué pena que no tuviéramos suficiente tiempo para que me transmitieras tu sabiduría y lo anotara todo en mi cuaderno de recetas. Tu sabrosa menestra de verduras, tus albóndigas en su deliciosa salsa, tu suculento pisto –siempre con un huevo frito encima, claro– tu exquisita y profunda sopa de marisco, tus dulces torrijas... es que cualquier cosa estaba riquísima. No sabría elegir mi plato favorito. Eso sí, tu báscula retro (retro de verdad) me acompaña en mis creaciones culinarias, sobre todo en la repostería.
No obstante, eras muy modesta, personalidad que parecía ser el reflejo de esa sutil elegancia. Decías que la creatividad había saltado tu generación. Para mí esa afirmación no podría estar más lejos de la realidad; ¿cómo, si no, acudía siempre a ti en busca de opinión, ayuda o con ganas de contarte algo? Para mí eras una persona inspiradora, además de una de las más importantes en mi vida.
Amona, ojalá puedas observarme con orgullo desde dondequiera que estés, continuando con mi vida, pero cuidando de tus objetos, de tus recuerdos y de ti.




